
- El fantasma de Aguirre
Roberto Santos
Resulta, por decir lo menos, extraño que apenas unas horas después de que el día sábado se celebrarse una reunión de personajes que se autodenominaron Constructores del Segundo Piso de la Cuarta Transformación, surgió una narrativa casi automática para etiquetarlos y reducirlos a un solo nombre —Ángel Aguirre Rivero— como si se tratara del titiritero en jefe de una operación política destinada a cerrarle el paso al senador Félix Salgado Macedonio.
No tardó en aparecer el propio Ángel Aguirre para deslindarse, señalando que él no organizó la reunión, no la respaldó, no tuvo conocimiento de ella y no participa directa ni indirectamente en el proceso electoral.
Rechazó además la versión de que se trate de un grupo de contención contra Félix Salgado, calificando como impreciso e incorrecto que se le atribuya conducción o influencia sobre los asistentes.
Todos sabemos que de ser cierto, tampoco lo diría, porque la verdad no es una cualidad de Aguirre Rivero.
La pregunta es: ¿por qué insistir en colocar a Aguirre en el centro de todo?
La respuesta quizá esté en que, aunque se trata de un personaje en franca decadencia política, se le sigue atribuyendo un poder que ya no tiene desde la debacle de su gubernatura, debido a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.
A decir verdad, Aguirre ya movió sus canicas desde hace tiempo. Salió defenestrado del PRD y, fiel al viejo adagio de no poner todos los huevos en una sola canasta, repartió relaciones y lealtades en distintos partidos.
Pensar que hoy controla a un grupo tan heterogéneo como el reunido el sábado en Chilpancingo resulta, cuando menos, una exageración.
El único personaje para quien sí resulta creíble la nostalgia aguirrista es Sofío Hernández Ramírez, quien no estuvo en dicho encuentro, pero insiste, ruega y patalea por ingresar a Morena con la pretensión de convertirse en candidato a la gubernatura, como si fuera el iluminado o el salvador que el partido guinda estaba esperando.
Fuera de ese caso, algunos asistentes a esta reunión parecen más movido por el oportunismo electoral que por una obediencia política a un ex gobernador cuya imagen es un lastre para sí mismo.
Cierto, hay personajes de dudosa calidad moral, políticos que intentan reciclarse, sin arraigo social ni votos comprobables.
Ahí están nombres como Rogelio Ortega, el ex diputado Servando, López Rosas, o Taja, figuras que poco aportan en términos de capital político real.
Ortega, por cierto, ya negó pertenecer a cualquier grupo caciquil y reiteró su compromiso con la democracia, aunque su peso social sea prácticamente inexistente.
El caso distinto es Mario Moreno Arcos. El ex priista se deslindó de una eventual afiliación a Morena y aclaró, una vez más, que su presencia en el colectivo no implica acercamiento con el partido.
Es innegable que es el político que sí tiene trabajo social y arraigo en todo el estado.
En el fondo, lo ocurrido revela algo más profundo: las divisiones dentro de Morena, espejo de la misma polarización social en la que el país se encuentra.
Por lo tanto, cualquier reunión, cualquier fotografía, cualquier gesto puede ser visto como divisoria de un partido que pronto profundizará en el enfrentamiento entre dos bandos a nivel nacional y que se reflejará en todos los estados.
Y en esta coyuntura, el fantasma de Aguirre sirve, aunque ya no debería asustar a nadie.
