
Roberto Santos
A Marx Arriaga Navarro le adelantaron el 14 de febrero. No hubo flores, ni chocolates, ni cartas perfumadas: el regalo fue un elegante “gracias por participar” directo desde la Secretaría de Educación Pública.
En la víspera del Día del Amor y la Amistad en versión burocrática: con policías en la puerta y videos virales como testigos del desencanto.
Dejando en claro que el romance entre el funcionario y su oficina en el Centro Histórico terminó en escena de telenovela, con reclamos incluidos: “¿Quién dio la indicación? ¿Fue Mario Delgado?”, preguntaba incrédulo, mientras era escoltado.
El arquitecto de los nuevos libros de texto gratuitos —esos mismos que dividieron a padres de familia, especialistas y hasta a maestros que apenas comenzaban a “agarrarles la onda”— se decía orgulloso de ser el diseñador de los textos del obradorismo.
Textos que muchos acusaron de ideológicos, doctrinarios y generosamente surtidos de errores.
Ironías del destino: justo cuando algunos profesores ya habían desempolvado clásicos como Marx para principiantes y Lenin para principiantes del caricaturista Eduardo del Río (Rius) para entender el nuevo enfoque pedagógico, resulta que el autor intelectual del giro curricular salía por la puerta de atrás.
A Arriaga, llevado al cargo por la influencia de Beatriz Gutiérrez Müller, esposa del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, lo señalan ahora por algo más terrenal que la dialéctica: el presunto “moche revolucionario”.
Según denuncias citadas en la prensa, empleados habrían acusado que se les pedía una parte de su salario para financiar giras y causas subversivas.
Pasar la charola, pero con discurso de asamblea. Solidaridad obligatoria, pues. Una especie de cuota sindical versión siglo XXI: derecho a conservar el empleo a cambio de cooperación patriótica.
Por si faltara algo al expediente, también se le reprocha haber excluido a mujeres en un libro multigrado de primaria, en tiempos donde la inclusión no es consigna sino exigencia mínima.
Todo esto en medio de tensiones internas en la SEP y cuestionamientos externos que nunca dejaron de acompañar el rediseño curricular.
Así, el funcionario que denunciaba bloqueos y conspiraciones terminó enfrentando su propio desalojo institucional.
Tal vez pensó que su cargo era vitalicio, como una cátedra revolucionaria.
Pero la burocracia, a diferencia de la ideología, no cree en amores eternos.
Y este 14 de febrero llegó antes para él: sin serenata, sin aplausos… y sin oficina.
