
Por Jesús Aguirre Galán
Hoy se conmemoran cuarenta años del devastador sismo que sacudió a México un 19 de septiembre de 1985, un hecho que sigue marcado en la memoria colectiva del país. A las 7:17 a.m., hora local, se registró un terremoto de magnitud 8.1, cuyo epicentro se situó frente a la costa de Michoacán, cerca de Lázaro Cárdenas, en la desembocadura del río Balsas. La sacudida, que duró aproximadamente dos minutos, afectó de forma severa las zonas centro, sur y occidente de México, siendo la Ciudad de México la más golpeada.
El balance humano y material del desastre sigue siendo materia de debate, pero lo cierto es que las pérdidas fueron enormes. El registro oficial reconoce 3,692 muertos, aunque organizaciones civiles estiman que la cifra podría superar los 26,000. Se reportaron cientos de edificios colapsados —muchos totalmente, otros con daños irreversibles—, incluyendo hospitales, escuelas y viviendas; decenas de miles de personas quedaron sin hogar.
Esta tragedia no sólo dejó un saldo doloroso, sino que también fue catalizadora de cambios significativos en la política de gestión del riesgo en México. Al siguiente año se creó el Sistema Nacional de Protección Civil, y en años posteriores se aprobaron leyes y normas de construcción más estrictas, además de mejorar los protocolos de emergencia. En la Ciudad de México, se han planteado exposiciones, mesas de diálogo, rutas conmemorativas y simulacros nacionales que buscan no solo recordar a las víctimas, sino también reforzar la cultura de la prevención ante futuros sismos.
A cuatro décadas del terremoto, el llamado es a no olvidar. Cada año, al sonar la alerta sísmica, la nación revive aquel amanecer que parecía normal, pero que se convirtió en tragedia. Recordar significa también estar preparado: reforzar edificaciones, mantener actualizados los planes de evacuación, seguir promoviendo la solidaridad ciudadana y exigir transparencia en informes oficiales. Sólo así la memoria sirve para transformar el dolor en resistencia, prevención y comunidad.
