
Roberto Santos
En política, la falta de renovación no solo desgasta: pudre.
Cuando los liderazgos se reciclan una y otra vez, no por mérito sino por control, lo que se construye no es continuidad, sino estancamiento, que termina oliendo a los aromas del Huacapa.
Eso es precisamente lo que hoy exhibe el PRI en Guerrero, donde su dirigente estatal prepara su renuncia… no para abrir paso a nuevas voces, sino para competir nuevamente por el mismo cargo, como si el partido fuera propiedad privada y no una institución pública.
El mensaje es devastador: en ese partido no hay relevo, no hay cuadros, no hay futuro.
O peor aún, sí los hay, pero están bloqueados por una élite que ha hecho de la política un circuito cerrado.
La maniobra de dejar el cargo para volver a buscarlo retrata una práctica que durante años ha sido el sello del viejo sistema: simular cambio para que todo siga igual.
Es el reciclaje del poder en su forma más burda.
Lo preocupante no es solo la falta de imaginación política, sino la cerrazón estructural.
En lugar de apostar por jóvenes, por perfiles frescos o por liderazgos que conecten con una ciudadanía cada vez más distante de los partidos tradicionales, se insiste en perpetuar a los mismos actores que han llevado al PRI a su crisis actual.
En el PRI no existe autocrítica, no hay diagnóstico, solo la obsesión por mantener el control.
Y así, el tricolor en Guerrero se confirma como un partido atrapado en el pasado, dominado por prácticas caciquiles que niegan la movilidad interna, que como fantasmas se resisten a irse.
Los jóvenes no son prioridad, son una amenaza para quienes han convertido la dirigencia en un patrimonio personal.
En estas condiciones, hablar de competitividad electoral se vuelve una mentira.
En el sistema partidista, hay otros que —con todos sus errores— al menos ensayan procesos de renovación, pero en el PRI la consigna parece ser resistir el paso del tiempo aferrándose a las mismas figuras dinosáuricas.
El resultado ya todos lo conocemos: desconexión social, pérdida de credibilidad y una militancia cada vez más reducida a la resignación.
¿Puede un partido sobrevivir negándose a cambiar? En Guerrero, el PRI parece decidido a demostrar que no.
