Zona Cero
La escuela Morelos de Chilpancingo, y la violencia que ya normalizamos
Por : Roberto Santos
Lo que ocurre en la primaria “José María Morelos y Pavón” de Chilpancingo es el síntoma de lo que sucede en el ámbito escolar.
Es apenas una ventana dolorosa hacia una realidad que desde hace tiempo se viene incubando en las escuelas en forma de niños violentando a otros niños, amenazas, extorsiones, golpes, miedo y autoridades escolares incapaces —o indiferentes— para detenerlo.
Ayer una madre tuvo que bloquear la escuela para que alguien en este mundo de ruido y sordera, la escuchara.
Su hijo, estudiante de sexto grado, sufría agresiones físicas constantes y presuntamente era obligado a pagar 200 pesos semanales para no ser golpeado.
La denuncia señala años de omisión por parte del director. Y como suele ocurrir en este país, el problema sólo comenzó a verse cuando el conflicto estalló públicamente.
Es incómodo pero hay que preguntar: ¿qué está ocurriendo con nuestros niños para que la violencia se haya convertido en una forma cotidiana de relación?
La respuesta no está únicamente en las aulas. Está, primero, en los hogares.

La ausencia de los padres, la falta de educación en valores, el abandono emocional, la incapacidad para enseñar límites y respeto, son factores que hoy pesan profundamente en la conducta de muchos menores.
Hay padres físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes. Otros viven consumidos por el trabajo, por los conflictos personales o simplemente renunciaron a ejercer autoridad y acompañamiento.
Peor aún: existen hogares donde la violencia no sólo se tolera, sino que se aprende. Padres y madres agresivos que lejos de prevenir conductas violentas, terminan siendo detonadores de ellas.
Niños que crecen viendo y sufriendo insultos, golpes, amenazas y humillaciones reproducen después ese mismo lenguaje en la escuela. Los niños heredan la violencia cuando no se corrige.
Y frente a ello, muchas instituciones educativas han optado por la comodidad de mirar hacia otro lado.
También hay negligencia de algunos maestros y directivos que minimizan el acoso escolar, que consideran “cosas de niños” agresiones que terminan destruyendo emocionalmente a las víctimas.
Se deja crecer el problema hasta que explota. Entonces llegan los bloqueos, las denuncias y la indignación pública.
Lo más grave es que comienzan a aparecer señales de impunidad dentro de las propias escuelas.
Ayer mismo, otro padre denunció que sería agredido por un policía estatal, amenaza que habría sido transmitida por la hija del agente a otra estudiante.
La menor agresora, dicen los denunciantes, actúa con la protección implícita que le da el cargo de su padre.
Y así, desde la infancia, algunos niños aprenden que el poder sirve para intimidar y que la ley puede doblarse al gusto del violentador.
Cosas extremadamente graves están ocurriendo en las escuelas. Y no sólo en nivel básico. En secundarias y preparatorias el problema suele ir acompañado del consumo y circulación de drogas, además de armas punzocortantes y amenazas cada vez más severas hasta para la planta docente.
Quizá lo más preocupante es que como sociedad ya comenzamos a acostumbrarnos. Vivimos rodeados de violencia y terminamos normalizándola.
Vivimos dentro de la polarización política, la que también ha contaminado la convivencia social: el insulto, el odio y la descalificación permanente se han vuelto parte del discurso político cotidiano. Esto es observado por los niños, quienes aprenden ese lenguaje y comportamiento.
A ello se suma el impacto devastador de la narcocultura. El entorno violento generado por el CO ha penetrado profundamente en la sociedad.
Los niños consumen contenidos donde el narco aparece como símbolo de éxito, poder y respeto.
Lo ven en redes sociales, lo escuchan en cierta música y lo encuentran incluso en referentes públicos que aspiran a cargos políticos reproduciendo discursos, símbolos y actitudes ligadas a esa subcultura criminal.
Por eso resulta detestable que algunos personajes que sueñan con ser candidatos a gobernador pretendan construir popularidad al contratar grupos musicales que cantan a los “varones de la droga” e imiten códigos de la cultura narca, como si la violencia fuera una forma válida de liderazgo o prestigio social.
Sigmund Freud advertía que el ser humano nace dominado por impulsos primarios y que corresponde a la educación y la civilización ayudar a regular esas pulsiones.
Cuando los niños crecen sin límites, sin formación emocional y sin adultos capaces de controlar siquiera sus propias emociones, el resultado inevitable es una sociedad cada vez más violenta.
Así que lo de la primaria Morelos es apenas una muestra.
Tal vez haya llegado el momento de replantear medidas que en su momento fueron polémicas, pero necesarias.
SEl programa Mochila Segura debería volver a implementarse en las escuelas de todos los niveles para intentar impedir el ingreso de armas u objetos peligrosos.
Lo cierto es que no resolverá el problema de raíz, pero podría evitar tragedias.
Resulta penoso ver que en este momento las escuelas al mismo tiempo que forjan estudiantes , también están reflejando el deterioro emocional, social y moral de toda una sociedad que dejó crecer la violencia hasta volverla cotidiana.








